
ESPAÑOLES AL SERVICIO DE MOSCÚ (02 junio 2026)
Mientras Franco gobernaba España con mano de hierro y Washington instalaba sus bases militares en suelo español, el Kremlin jugaba una partida paralela y silenciosa: reclutar a españoles de carne y hueso —algunos nacidos en la miseria de la posguerra, otros exiliados de por vida— y convertirlos en agentes de sus servicios secretos.
Hay historias que durante muchos años han permanecido ocultas y que a través del tesón de algunos periodistas e historiadores por tirar de hilos y hacer investigación han quedado plasmadas en distintos documentos y publicaciones a los que he podido acceder por ser públicas. Hoy inicio una sección en la que se irán incluyendo diversos relatos; intentaré insertar uno por semana. Son historias de españoles —hombres y mujeres nacidos en este país, con apellidos castellanos, vascos, catalanes— que trabajaron como agentes de los servicios secretos de la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Algunos lo hicieron por convicción ideológica. Otros fueron arrastrados por las circunstancias de una guerra que los había expulsado de su propio país siendo niños. Ninguno llevó una vida ordinaria.
El escenario de fondo es conocido, aunque sus matices conviene recordar, especialmente para que las generaciones más jóvenes, las encajen en el contexto espacio-temporal y político correcto. España salió de la Segunda Guerra Mundial en una posición paradójica: Franco había sobrevivido al hundimiento de sus aliados nazis y fascistas, y el régimen —que en 1945 parecía condenado— encontró un salvavidas inesperado en la lógica de la Guerra Fría. Washington necesitaba un socio anticomunista en el Mediterráneo occidental, y Franco, que lo era por convicción, ofreció lo que tenía. En 1953, el Pacto de Madrid selló el acuerdo: cuatro bases militares norteamericanas en suelo español —Morón, Torrejón, Zaragoza y Rota— a cambio de legitimidad, dinero y protección diplomática.
En Moscú, aquel pacto se leyó como lo que era: España se convertía en la proa sur de la OTAN, a un paso del Estrecho de Gibraltar, con bombarderos norteamericanos a pocas horas de vuelo del corazón de Europa oriental. El Kremlin nunca había asimilado del todo su derrota en la Guerra Civil española. Había volcado sobre ella armas, asesores y recursos cuantiosos para sostener a la República. Había perdido. Y ahora el país que había ganado aquella guerra se integraba en el bloque enemigo. Lo que siguió no fue resignación. Fue una estrategia a largo plazo. Aplicaron mucha paciencia. Y cálculo.
Los servicios de inteligencia soviéticos llevaban décadas operando en España y entre los españoles en el exilio. Pero a partir de mediados de los años cincuenta, la oportunidad que se abrió fue distinta y de una magnitud sin precedentes. La URSS autorizó el regreso a España de los llamados niños de la guerra: los miles de españoles evacuados a la Unión Soviética en 1937 y 1938 siendo niños, criados durante casi veinte años en orfanatos soviéticos, que ahora podían solicitar la repatriación. Entre 1956 y 1960, entre mil quinientos y mil novecientos de ellos hicieron ese viaje de vuelta.
Para el KGB fue una oportunidad histórica. Nunca antes había tenido a su disposición un grupo tan numeroso de personas que hablaban español con acento genuinamente español, conocían el país, tenían familiares allí, y podían cruzar la frontera con una coartada inapelable: eran españoles que volvían a casa. A algunos de ellos se les entrenó en técnicas de espionaje, se les dotó de códigos de cifra, se les instruyó en el modo de comunicarse y se les entrenó sobre cómo comportarse socialmente, todo ello con la finalidad de regresar a una España que no recordaban apenas, para cumplir una misión.
Pero los niños de la guerra no fueron los únicos. Antes que ellos, desde la propia Guerra Civil, el NKVD —antecesor del KGB— había reclutado a españoles de perfiles muy distintos: mujeres de la alta burguesía convertidas al comunismo, militantes con acceso a los círculos del poder republicano en el exilio, hombres dispuestos a ejecutar órdenes que la historia catalogaría como crímenes de Estado. Algunos actuaron en el interior de España. Otros operaron en México, en Uruguay, en Cuba, escondidos en la sombra en el área de influencia norteamericana. Y todos aquellos agentes respondían, en última instancia, a Moscú.
Sus historias tienen poco que ver con la imagen del espía que el cine ha popularizado. No hay gadgets, ni persecuciones en Aston Martin, ni villanos con monóculo. Hay, en cambio, algo más perturbador: vidas enteras dobladas sobre sí mismas, identidades construidas sobre un falso personaje como único material disponible, lealtades que cruzan fronteras y décadas como actores de una ópera cuyo director reside en Moscú. Hay hombres y mujeres que vivieron durante años con un nombre falso, que aprendieron a leer su entorno vital en clave de código cifrado, que se casaron y enviudaron y tuvieron hijos bajo una biografía que no era la suya. Y hay, también, los que pagaron el precio: la cárcel, la tortura, el exilio de por vida, o la muerte en tierra extraña.
Lo que hace únicas a estas historias —y lo que las coloca en el centro de esta sección— es precisamente eso: que son españolas. No son historias de agentes soviéticos infiltrados en España. Son historias de españoles que, por las razones que fueran, cruzaron al otro lado de la línea que separaba los dos mundos de la Guerra Fría y trabajaron para el que había perdido en su propio país. Esa tensión —entre el origen y la lealtad, entre lo que se fue y lo que se eligió ser— es el hilo conductor de todo lo que vendrá.
Los casos que se recogen aquí están documentados históricamente. No son especulación ni ficción: tienen nombres, expedientes, archivos, y en algunos casos sentencias judiciales o condecoraciones oficiales de la Unión Soviética que los acreditan. Algunos de esos documentos llevan décadas en los archivos. Otros fueron desclasificados apenas hace unos meses, cuando los servicios de inteligencia ucranianos publicaron expedientes del KGB que nadie había leído desde que fueron sellados en los años cincuenta.
La historia que esta sección irá contando no tiene un héroe único ni una moraleja sencilla. Tiene, en cambio, personajes que resistirán mal el olvido: una mujer nacida en Ceuta cuya tumba en Moscú lleva grabada una sola palabra en español; un hombre que vivió veinte años en una cárcel sin decir quién era; una madre que fue más leal a Stalin que a su propio hijo; un futbolista vasco que volvió a casa después de dos décadas y encontró, bajo el peso de los insultos del estadio, que su verdadero partido se jugaba fuera del campo.
Son historias de la Guerra Fría. Pero también son historias españolas. Y como todas las historias españolas del siglo XX, llevan dentro —quieran o no— el eco de una guerra que no terminó en 1939.
MPC
RAMÓN MERCADER. EL HOMBRE DEL PIOLET – ESPAÑOLES AL SERVICIO DE MOSCÚ I (02 junio 2026)

Nombre real: Jaime Ramón Mercader del Río
Nacimiento: Barcelona, 7 de febrero de 1913
Muerte: La Habana, octubre de 1978
Organización: NKVD / KGB (coronel)
Rango soviético: Héroe de la Unión Soviética
En agosto de 1940, un joven barcelonés llamado por su madre a servir a Stalin entró en el escritorio de León Trotsky en Ciudad de México y cambió el curso de la historia del comunismo mundial. Lo que nadie supo durante trece años es quién era realmente.
El contexto: por qué Stalin quería matar a Trotsky
León Trotsky no era un disidente cualquiera. Había sido el organizador del Ejército Rojo, el arquitecto militar de la Revolución de Octubre de 1917, el hombre que más había contribuido a llevar a los bolcheviques al poder. Pero en 1929, tras perder la lucha interna por el control del Partido Comunista frente a Stalin, fue expulsado de la Unión Soviética. Desde entonces, desde el exilio, no dejó de denunciar al régimen estalinista como una traición a los principios del marxismo revolucionario.
Para Stalin, Trotsky exiliado era más peligroso que Trotsky muerto. Sus escritos circulaban por toda Europa y América. Su IV Internacional organizaba a los comunistas disidentes en decenas de países. Y su capacidad de movilización intelectual —artículos, libros, conferencias, correspondencia— no disminuía con la distancia. En 1936, después de los primeros Procesos de Moscú, en los que muchos de sus aliados fueron ejecutados, Trotsky aumentó sus ataques. Stalin tomó la decisión: había que eliminarlo.
El problema era cómo. Trotsky vivía desde 1937 en México, en una casa fortificada en el barrio de Coyoacán de Ciudad de México, con guardaespaldas, muros reforzados y una desconfianza extrema hacia cualquier desconocido. El NKVD necesitaba un agente que pudiera acercarse a él sin levantar sospechas. La solución llegó de una familia española.
La madre que lo puso en ese camino
Para entender a Ramón Mercader hay que entender primero a Caridad del Río Hernández, su madre. Nacida en Cuba en 1892 en el seno de una familia española acaudalada, educada en colegios del Sagrado Corazón en Barcelona y París, Caridad había roto de manera radical con su mundo burgués en los años veinte: abandonó un matrimonio disfuncional, se implicó en grupos anarquistas y, durante la Guerra Civil española, comandó una columna miliciana en el frente de Aragón. En 1937 fue reclutada formalmente por el NKVD.
Ese mismo invierno, Caridad convenció a Ramón de incorporarse al servicio de inteligencia soviético. Ramón había crecido en Francia, adonde su madre lo llevó con sus hermanos cuando tenía diez años tras la ruptura matrimonial. Había vuelto a España en 1931, a los dieciocho, se había afiliado al Partido Comunista de Cataluña y había combatido junto a su madre en el frente hasta ser herido. La conversación en el hospital fue decisiva. Según su hermano Luis, que conoció su contenido, Caridad no admitió réplica: «Tú no eliges. Ninguno de nosotros elige. Solo hacemos lo que decide el partido.» Y después: «Ramón Mercader murió. Y cuidado: de esto no se sale.»
La construcción de una identidad falsa
El NKVD tardó dos años en construir la cobertura. Primero fue Jacques Mornard: belga, hijo de diplomático, educado por los jesuitas, con documentación impecable fabricada por los talleres de falsificación soviéticos. Llevaba sombrero de ala ancha, fumaba habanos, pagaba apartamentos caros en París. Era convincente porque estaba diseñado para serlo hasta en los detalles más pequeños.
En 1938, en el círculo de exiliados trotskistas de París, Jacques Mornard conoció a Sylvia Ageloff, una intelectual de Brooklyn que era asistente y traductora de Trotsky. La seducción fue lenta, metódica, completamente calculada. Ramón nunca mostró interés en la política, nunca preguntó por Trotsky directamente, nunca dio motivos de sospecha. Cuando Sylvia se marchó a México, la siguió. Ya era otra persona: Frank Jackson, exportador norteamericano, hombre de negocios sin ideología. A través de Sylvia entró en la casa de Coyoacán.
20 de agosto de 1940
El primer intento de asesinato no fue obra de Ramón. El 24 de mayo de 1940, un comando de veinticinco hombres al mando del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros asaltó la casa de Coyoacán: cortó la luz y las líneas telefónicas, disparó con ametralladoras Thompson desde las ventanas del dormitorio y lanzó bombas molotov. Trotsky y su mujer Natalia sobrevivieron escondiéndose bajo la cama. El comando huyó sin comprobar el resultado.
Cuando el director de la operación, Leonid Eitingon —íntimo de la familia Mercader—, tuvo que dar cuentas a Moscú del fracaso, fue Ramón quien ofreció resolverlo: «No te preocupes, lo hago yo.» Eitingon y Caridad lo esperaron fuera en un coche.
Los días previos al 20 de agosto, Ramón había visitado a Trotsky con el pretexto de pedirle que revisara un artículo que estaba escribiendo. En aquella visita previa, Trotsky había notado algo extraño: el visitante caminaba a sus espaldas, se sentaba en lugares inadecuados. Le comentó a Natalia que aquella actitud no era la de un hombre bien educado. Pero le dijo que volviera con el texto mejorado.
El 20 de agosto volvió. Llevaba un abrigo demasiado grueso para el calor de México. Bajo él ocultaba un piolet de alpinismo austriaco de mango corto, fabricado en Fulpmes, una pistola y un punzón. Trotsky se sentó a leer el borrador. Ramón rodeó el escritorio y golpeó. El golpe no fue limpio: Trotsky gritó, luchó, mordió la mano de su atacante. Los guardaespaldas irrumpieron y redujeron a Ramón antes de que pudiera disparar. León Trotsky murió al día siguiente, 21 de agosto, a las siete y veinte de la tarde. Tenía sesenta años.
Caridad y Eitingon, que escucharon el alboroto desde el coche aparcado en la calle, comprendieron que algo había fallado. Arrancaron. Dejaron a Ramón atrás.
Veinte años repitiendo un nombre que no era el suyo
Bajo interrogatorio y tortura, Ramón Mercader repitió durante meses la misma respuesta: «Me llamo Jacques Mornard. Nací en Bélgica. Soy comerciante.» No era solo lealtad ciega: revelar su identidad real haría visibles los hilos que llevaban directamente hasta Moscú, y la URSS tendría que responder ante la comunidad internacional. También sabía, aunque quizás no con total certeza, que sus propios servicios lo eliminarían si lograban sacarlo, para no dejar evidencias.
En 1943 fue condenado a veinte años. La justicia mexicana no descubrió su verdadera identidad hasta 1953. Durante todo ese tiempo pagó una celda individual con fondos que le hacían llegar sus contactos y no mostró ningún interés en salir antes de cumplir la condena. El 6 de mayo de 1960, al completar exactamente los veinte años, quedó libre. Salió en un avión de la aerolínea cubana, acompañado por el agregado de la embajada de Checoslovaquia. Nadie de su familia fue a recibirle.
Héroe de la Unión Soviética
En Moscú lo esperaba una ceremonia secreta. Alexander Shelepin, director del KGB, le impuso personalmente la Estrella de Oro del Héroe de la Unión Soviética —la máxima distinción del Estado soviético— y le otorgó el grado de coronel. Había esperado ese reconocimiento durante veinte años de silencio forzado y lo recibió con la misma discreción con que había ejecutado la misión.
Los años siguientes los vivió entre Moscú y La Habana, donde trabajó como inspector de prisiones al servicio del gobierno de Fidel Castro —una ironía que sus biógrafos señalan sin excepción: el hombre que había pasado dos décadas en una cárcel mexicana terminó inspeccionando las cárceles cubanas.
Murió en La Habana en octubre de 1978, de cáncer de pulmón. Sus restos fueron trasladados a Moscú y enterrados en el cementerio de Kuntsevo, reservado a Héroes de la Unión Soviética, bajo el nombre falso de Ramón Ivánovich López. La lápida no dice nada del piolet, ni de Coyoacán, ni de Sylvia Ageloff, ni de los veinte años repitiendo un nombre que no era el suyo. Solo un alias grabado en piedra, en un cementerio de Moscú, lejos de Barcelona.
Esta historia forma parte de la serie «Españoles al servicio de Moscú», que documenta los casos reales de ciudadanos españoles reclutados por los servicios de inteligencia soviéticos entre la Guerra Civil española y el final del franquismo. Todos los datos están documentados en fuentes históricas, judiciales y archivos soviéticos parcialmente desclasificados. Los diálogos reproducidos proceden de testimonios documentados.
MPC
