
ESPAÑOLES AL SERVICIO DE MOSCÚ (02 junio 2026)
Mientras Franco gobernaba España con mano de hierro y Washington instalaba sus bases militares en suelo español, el Kremlin jugaba una partida paralela y silenciosa: reclutar a españoles de carne y hueso —algunos nacidos en la miseria de la posguerra, otros exiliados de por vida— y convertirlos en agentes de sus servicios secretos.
Hay historias que durante muchos años han permanecido ocultas y que a través del tesón de algunos periodistas e historiadores por tirar de hilos y hacer investigación han quedado plasmadas en distintos documentos y publicaciones a los que he podido acceder por ser públicas. Hoy inicio una sección en la que se irán incluyendo diversos relatos; intentaré insertar uno por semana. Son historias de españoles —hombres y mujeres nacidos en este país, con apellidos castellanos, vascos, catalanes— que trabajaron como agentes de los servicios secretos de la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Algunos lo hicieron por convicción ideológica. Otros fueron arrastrados por las circunstancias de una guerra que los había expulsado de su propio país siendo niños. Ninguno llevó una vida ordinaria.
El escenario de fondo es conocido, aunque sus matices conviene recordar, especialmente para que las generaciones más jóvenes, las encajen en el contexto espacio-temporal y político correcto. España salió de la Segunda Guerra Mundial en una posición paradójica: Franco había sobrevivido al hundimiento de sus aliados nazis y fascistas, y el régimen —que en 1945 parecía condenado— encontró un salvavidas inesperado en la lógica de la Guerra Fría. Washington necesitaba un socio anticomunista en el Mediterráneo occidental, y Franco, que lo era por convicción, ofreció lo que tenía. En 1953, el Pacto de Madrid selló el acuerdo: cuatro bases militares norteamericanas en suelo español —Morón, Torrejón, Zaragoza y Rota— a cambio de legitimidad, dinero y protección diplomática.
En Moscú, aquel pacto se leyó como lo que era: España se convertía en la proa sur de la OTAN, a un paso del Estrecho de Gibraltar, con bombarderos norteamericanos a pocas horas de vuelo del corazón de Europa oriental. El Kremlin nunca había asimilado del todo su derrota en la Guerra Civil española. Había volcado sobre ella armas, asesores y recursos cuantiosos para sostener a la República. Había perdido. Y ahora el país que había ganado aquella guerra se integraba en el bloque enemigo. Lo que siguió no fue resignación. Fue una estrategia a largo plazo. Aplicaron mucha paciencia. Y cálculo.
Los servicios de inteligencia soviéticos llevaban décadas operando en España y entre los españoles en el exilio. Pero a partir de mediados de los años cincuenta, la oportunidad que se abrió fue distinta y de una magnitud sin precedentes. La URSS autorizó el regreso a España de los llamados niños de la guerra: los miles de españoles evacuados a la Unión Soviética en 1937 y 1938 siendo niños, criados durante casi veinte años en orfanatos soviéticos, que ahora podían solicitar la repatriación. Entre 1956 y 1960, entre mil quinientos y mil novecientos de ellos hicieron ese viaje de vuelta.
Para el KGB fue una oportunidad histórica. Nunca antes había tenido a su disposición un grupo tan numeroso de personas que hablaban español con acento genuinamente español, conocían el país, tenían familiares allí, y podían cruzar la frontera con una coartada inapelable: eran españoles que volvían a casa. A algunos de ellos se les entrenó en técnicas de espionaje, se les dotó de códigos de cifra, se les instruyó en el modo de comunicarse y se les entrenó sobre cómo comportarse socialmente, todo ello con la finalidad de regresar a una España que no recordaban apenas, para cumplir una misión.
Pero los niños de la guerra no fueron los únicos. Antes que ellos, desde la propia Guerra Civil, el NKVD —antecesor del KGB— había reclutado a españoles de perfiles muy distintos: mujeres de la alta burguesía convertidas al comunismo, militantes con acceso a los círculos del poder republicano en el exilio, hombres dispuestos a ejecutar órdenes que la historia catalogaría como crímenes de Estado. Algunos actuaron en el interior de España. Otros operaron en México, en Uruguay, en Cuba, escondidos en la sombra en el área de influencia norteamericana. Y todos aquellos agentes respondían, en última instancia, a Moscú.
Sus historias tienen poco que ver con la imagen del espía que el cine ha popularizado. No hay gadgets, ni persecuciones en Aston Martin, ni villanos con monóculo. Hay, en cambio, algo más perturbador: vidas enteras dobladas sobre sí mismas, identidades construidas sobre un falso personaje como único material disponible, lealtades que cruzan fronteras y décadas como actores de una ópera cuyo director reside en Moscú. Hay hombres y mujeres que vivieron durante años con un nombre falso, que aprendieron a leer su entorno vital en clave de código cifrado, que se casaron y enviudaron y tuvieron hijos bajo una biografía que no era la suya. Y hay, también, los que pagaron el precio: la cárcel, la tortura, el exilio de por vida, o la muerte en tierra extraña.
Lo que hace únicas a estas historias —y lo que las coloca en el centro de esta sección— es precisamente eso: que son españolas. No son historias de agentes soviéticos infiltrados en España. Son historias de españoles que, por las razones que fueran, cruzaron al otro lado de la línea que separaba los dos mundos de la Guerra Fría y trabajaron para el que había perdido en su propio país. Esa tensión —entre el origen y la lealtad, entre lo que se fue y lo que se eligió ser— es el hilo conductor de todo lo que vendrá.
Los casos que se recogen aquí están documentados históricamente. No son especulación ni ficción: tienen nombres, expedientes, archivos, y en algunos casos sentencias judiciales o condecoraciones oficiales de la Unión Soviética que los acreditan. Algunos de esos documentos llevan décadas en los archivos. Otros fueron desclasificados apenas hace unos meses, cuando los servicios de inteligencia ucranianos publicaron expedientes del KGB que nadie había leído desde que fueron sellados en los años cincuenta.
La historia que esta sección irá contando no tiene un héroe único ni una moraleja sencilla. Tiene, en cambio, personajes que resistirán mal el olvido: una mujer nacida en Ceuta cuya tumba en Moscú lleva grabada una sola palabra en español; un hombre que vivió veinte años en una cárcel sin decir quién era; una madre que fue más leal a Stalin que a su propio hijo; un futbolista vasco que volvió a casa después de dos décadas y encontró, bajo el peso de los insultos del estadio, que su verdadero partido se jugaba fuera del campo.
Son historias de la Guerra Fría. Pero también son historias españolas. Y como todas las historias españolas del siglo XX, llevan dentro —quieran o no— el eco de una guerra que no terminó en 1939.
MPC

RAMÓN MERCADER. EL HOMBRE DEL PIOLET. (02 junio 2026)
En agosto de 1940, un joven barcelonés llamado por su madre a servir a Stalin entró en el escritorio de León Trotsky en Ciudad de México y cambió el curso de la historia del comunismo mundial. Lo que nadie supo durante trece años es quién era realmente.

«CARIDAD»: Caridad Mercader del Río: la dama burguesa de Barcelona que convenció a su propio hijo de matar por Stalin (11 junio 2026)
Hay una fotografía de Caridad Mercader tomada en los años treinta que resulta difícil de descifrar. Una mujer de mirada directa, ojos claros, postura segura. Podría ser la foto de una directora de colegio, de una activista sindical, de una actriz de carácter. Lo que no parece, a primera vista, es lo que fue: el cerebro organizativo del asesinato más célebre del siglo XX y la primera mujer extranjera condecorada con la Orden de Lenin

EL ATENTADO DE ANKARA. La bomba que mató al portador y dejó al embajador de Hitler con los pantalones en el asfalto. (17 junio 2026)
El 24 de febrero de 1942, a media mañana, Franz von Papen caminaba con su mujer por el bulevar Atatürk de Ankara en dirección a la embajada alemana. Era un paseo habitual: el edificio estaba a menos de un kilómetro de su residencia y el embajador lo hacía casi cada día. Lo que no sabía era que un joven de veinticinco años, estudiante de derecho en Estambul, caminaba en sentido contrario llevando una bomba bajo el abrigo.

«PATRIA» África de las Heras Gavilán (27 junio 2026)
Sobre una lápida de granito gris en el cementerio Jovánskoye de Moscú hay, entre inscripciones cirílicas, una palabra tallada en español: PATRIA. Debajo, el relieve de un rostro de mujer. Encima, en ruso, un nombre y dos fechas: 1909–1988. Pocos saben quién fue esa mujer. Justo lo que ella quería.

LOS VENCEDORES EN UCRANIA (07 julio 2026)
«Dos años y medio en los bosques de Vinnytsia: cómo una española del NKVD ayudó a localizar el cuartel secreto de Hitler en el frente del Este»
En la noche del 16 de junio de 1942, sobre los bosques al sureste de Kiev, se abrieron varios paracaídas. Entre los que cayeron aquella noche había una mujer de treinta y tres años, nacida en Ceuta, que llevaba al hombro una maleta de radio y en los bolsillos dos granadas y una pistola. Su nombre en la operación era Yvonne. Su misión: interceptar comunicaciones alemanas en territorio ocupado, transmitir información falsa a las fuerzas del Reich y no dejarse capturar con vida.

FELISBERTO HERNÁNDEZ Y LA ESPÍA. Cómo el NKVD sedujo al escritor uruguayo más anticomunista de París para usarlo de tapadera y montar desde Montevideo la mayor red de espionaje soviético en América del Sur (15 julio 2026)
El 13 de diciembre de 1947, en el Pen Club de París, el escritor Jules Supervielle presentó a su último descubrimiento literario: el cuentista uruguayo Felisberto Hernández. Entre el público que llenaba la sala aquella noche había una mujer de mirada oscura y acento andaluz que no había llegado allí por casualidad …

LA MUERTE DE MARKO: El misterio que el KGB dejó enterrado en Montevideo (30 julio 2026)
Un espía soviético murió oficialmente de un infarto en su domicilio de Montevideo. El caso se archivó sin sospechas y cayó en el olvido. Décadas después, la aparición de una grabación inédita reabrió una inquietante incógnita: ¿fue realmente una muerte natural o una operación de eliminación interna del KGB? Este artículo reconstruye uno de los episodios más oscuros de la red soviética en América del Sur y analiza las dudas que aún rodean a África de las Heras, la legendaria espía española al servicio de Moscú. Un relato donde los archivos oficiales guardan silencio, pero las preguntas siguen vivas.
RAMÓN MERCADER. EL HOMBRE DEL PIOLET. (02 junio 2026)

Nombre real: Jaime Ramón Mercader del Río
Nacimiento: Barcelona, 7 de febrero de 1913
Muerte: La Habana, octubre de 1978
Organización: NKVD / KGB (coronel)
Rango soviético: Héroe de la Unión Soviética
En agosto de 1940, un joven barcelonés llamado por su madre a servir a Stalin entró en el escritorio de León Trotsky en Ciudad de México y cambió el curso de la historia del comunismo mundial. Lo que nadie supo durante trece años es quién era realmente.
El contexto: por qué Stalin quería matar a Trotsky
León Trotsky no era un disidente cualquiera. Había sido el organizador del Ejército Rojo, el arquitecto militar de la Revolución de Octubre de 1917, el hombre que más había contribuido a llevar a los bolcheviques al poder. Pero en 1929, tras perder la lucha interna por el control del Partido Comunista frente a Stalin, fue expulsado de la Unión Soviética. Desde entonces, desde el exilio, no dejó de denunciar al régimen estalinista como una traición a los principios del marxismo revolucionario.
Para Stalin, Trotsky exiliado era más peligroso que Trotsky muerto. Sus escritos circulaban por toda Europa y América. Su IV Internacional organizaba a los comunistas disidentes en decenas de países. Y su capacidad de movilización intelectual —artículos, libros, conferencias, correspondencia— no disminuía con la distancia. En 1936, después de los primeros Procesos de Moscú, en los que muchos de sus aliados fueron ejecutados, Trotsky aumentó sus ataques. Stalin tomó la decisión: había que eliminarlo.
El problema era cómo. Trotsky vivía desde 1937 en México, en una casa fortificada en el barrio de Coyoacán de Ciudad de México, con guardaespaldas, muros reforzados y una desconfianza extrema hacia cualquier desconocido. El NKVD necesitaba un agente que pudiera acercarse a él sin levantar sospechas. La solución llegó de una familia española.
La madre que lo puso en ese camino
Para entender a Ramón Mercader hay que entender primero a Caridad del Río Hernández, su madre. Nacida en Cuba en 1892 en el seno de una familia española acaudalada, educada en colegios del Sagrado Corazón en Barcelona y París, Caridad había roto de manera radical con su mundo burgués en los años veinte: abandonó un matrimonio disfuncional, se implicó en grupos anarquistas y, durante la Guerra Civil española, comandó una columna miliciana en el frente de Aragón. En 1937 fue reclutada formalmente por el NKVD.
Ese mismo invierno, Caridad convenció a Ramón de incorporarse al servicio de inteligencia soviético. Ramón había crecido en Francia, adonde su madre lo llevó con sus hermanos cuando tenía diez años tras la ruptura matrimonial. Había vuelto a España en 1931, a los dieciocho, se había afiliado al Partido Comunista de Cataluña y había combatido junto a su madre en el frente hasta ser herido. La conversación en el hospital fue decisiva. Según su hermano Luis, que conoció su contenido, Caridad no admitió réplica: «Tú no eliges. Ninguno de nosotros elige. Solo hacemos lo que decide el partido.» Y después: «Ramón Mercader murió. Y cuidado: de esto no se sale.»
La construcción de una identidad falsa
El NKVD tardó dos años en construir la cobertura. Primero fue Jacques Mornard: belga, hijo de diplomático, educado por los jesuitas, con documentación impecable fabricada por los talleres de falsificación soviéticos. Llevaba sombrero de ala ancha, fumaba habanos, pagaba apartamentos caros en París. Era convincente porque estaba diseñado para serlo hasta en los detalles más pequeños.
En 1938, en el círculo de exiliados trotskistas de París, Jacques Mornard conoció a Sylvia Ageloff, una intelectual de Brooklyn que era asistente y traductora de Trotsky. La seducción fue lenta, metódica, completamente calculada. Ramón nunca mostró interés en la política, nunca preguntó por Trotsky directamente, nunca dio motivos de sospecha. Cuando Sylvia se marchó a México, la siguió. Ya era otra persona: Frank Jackson, exportador norteamericano, hombre de negocios sin ideología. A través de Sylvia entró en la casa de Coyoacán.
20 de agosto de 1940
El primer intento de asesinato no fue obra de Ramón. El 24 de mayo de 1940, un comando de veinticinco hombres al mando del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros asaltó la casa de Coyoacán: cortó la luz y las líneas telefónicas, disparó con ametralladoras Thompson desde las ventanas del dormitorio y lanzó bombas molotov. Trotsky y su mujer Natalia sobrevivieron escondiéndose bajo la cama. El comando huyó sin comprobar el resultado.
Cuando el director de la operación, Leonid Eitingon —íntimo de la familia Mercader—, tuvo que dar cuentas a Moscú del fracaso, fue Ramón quien ofreció resolverlo: «No te preocupes, lo hago yo.» Eitingon y Caridad lo esperaron fuera en un coche.
Los días previos al 20 de agosto, Ramón había visitado a Trotsky con el pretexto de pedirle que revisara un artículo que estaba escribiendo. En aquella visita previa, Trotsky había notado algo extraño: el visitante caminaba a sus espaldas, se sentaba en lugares inadecuados. Le comentó a Natalia que aquella actitud no era la de un hombre bien educado. Pero le dijo que volviera con el texto mejorado.
El 20 de agosto volvió. Llevaba un abrigo demasiado grueso para el calor de México. Bajo él ocultaba un piolet de alpinismo austriaco de mango corto, fabricado en Fulpmes, una pistola y un punzón. Trotsky se sentó a leer el borrador. Ramón rodeó el escritorio y golpeó. El golpe no fue limpio: Trotsky gritó, luchó, mordió la mano de su atacante. Los guardaespaldas irrumpieron y redujeron a Ramón antes de que pudiera disparar. León Trotsky murió al día siguiente, 21 de agosto, a las siete y veinte de la tarde. Tenía sesenta años.
Caridad y Eitingon, que escucharon el alboroto desde el coche aparcado en la calle, comprendieron que algo había fallado. Arrancaron. Dejaron a Ramón atrás.
Veinte años repitiendo un nombre que no era el suyo
Bajo interrogatorio y tortura, Ramón Mercader repitió durante meses la misma respuesta: «Me llamo Jacques Mornard. Nací en Bélgica. Soy comerciante.» No era solo lealtad ciega: revelar su identidad real haría visibles los hilos que llevaban directamente hasta Moscú, y la URSS tendría que responder ante la comunidad internacional. También sabía, aunque quizás no con total certeza, que sus propios servicios lo eliminarían si lograban sacarlo, para no dejar evidencias.
En 1943 fue condenado a veinte años. La justicia mexicana no descubrió su verdadera identidad hasta 1953. Durante todo ese tiempo pagó una celda individual con fondos que le hacían llegar sus contactos y no mostró ningún interés en salir antes de cumplir la condena. El 6 de mayo de 1960, al completar exactamente los veinte años, quedó libre. Salió en un avión de la aerolínea cubana, acompañado por el agregado de la embajada de Checoslovaquia. Nadie de su familia fue a recibirle.
Héroe de la Unión Soviética
En Moscú lo esperaba una ceremonia secreta. Alexander Shelepin, director del KGB, le impuso personalmente la Estrella de Oro del Héroe de la Unión Soviética —la máxima distinción del Estado soviético— y le otorgó el grado de coronel. Había esperado ese reconocimiento durante veinte años de silencio forzado y lo recibió con la misma discreción con que había ejecutado la misión.
Los años siguientes los vivió entre Moscú y La Habana, donde trabajó como inspector de prisiones al servicio del gobierno de Fidel Castro —una ironía que sus biógrafos señalan sin excepción: el hombre que había pasado dos décadas en una cárcel mexicana terminó inspeccionando las cárceles cubanas.
Murió en La Habana en octubre de 1978, de cáncer de pulmón. Sus restos fueron trasladados a Moscú y enterrados en el cementerio de Kuntsevo, reservado a Héroes de la Unión Soviética, bajo el nombre falso de Ramón Ivánovich López. La lápida no dice nada del piolet, ni de Coyoacán, ni de Sylvia Ageloff, ni de los veinte años repitiendo un nombre que no era el suyo. Solo un alias grabado en piedra, en un cementerio de Moscú, lejos de Barcelona.
Esta historia forma parte de la serie «Españoles al servicio de Moscú», que documenta los casos reales de ciudadanos españoles reclutados por los servicios de inteligencia soviéticos entre la Guerra Civil española y el final del franquismo. Todos los datos están documentados en fuentes históricas, judiciales y archivos soviéticos parcialmente desclasificados. Los diálogos reproducidos proceden de testimonios documentados.
MPC
«CARIDAD»: Caridad Mercader del Río: la dama burguesa de Barcelona que convenció a su propio hijo de matar por Stalin (11 junio 2026)
Esta historia forma parte de la serie «Españoles al servicio de Moscú». Desde la Guerra Civil española, el NKVD primero y el KGB después reclutaron a ciudadanos españoles como agentes de inteligencia en todo el mundo. Esta entrega puede leerse de forma independiente.

Hay una fotografía de Caridad Mercader tomada en los años treinta que resulta difícil de descifrar. Una mujer de mirada directa, ojos claros, postura segura. Podría ser la foto de una directora de colegio, de una activista sindical, de una actriz de carácter. Lo que no parece, a primera vista, es lo que fue: el cerebro organizativo del asesinato más célebre del siglo XX y la primera mujer extranjera condecorada con la Orden de Lenin. La historia de Caridad Mercader es la de alguien que transformó su vida completa no una, sino varias veces, siempre hacia una radicalidad mayor, siempre sin dar marcha atrás.
Nació el 29 de marzo de 1892 en Santiago de Cuba, cuando la isla era todavía colonia española. Su padre era gobernador colonial. La familia volvió pronto a Europa, donde Caridad recibió una educación esmerada en los colegios del Sagrado Corazón de Jesús de Barcelona, París y Brighton. Hablaba catalán, castellano, francés e inglés. A los dieciocho años se casó con Pablo Mercader Marina, empresario textil catalán, hijo de una familia acaudalada. La boda fue noticia social. Tuvieron cinco hijos entre 1911 y 1923.
La ruptura
Detrás de la imagen de matrimonio consolidado había otra historia. Pablo Mercader llevaba a Caridad de noche a los prostíbulos más exclusivos de Barcelona para satisfacer sus obsesiones. Caridad, que seguía siendo profundamente católica, comenzó a sentir un desprecio por su marido que se extendió progresivamente a toda la clase social que representaba. Hacia 1923, a los treinta y un años, inició una relación con el aviador francés Louis Delrio y participó con un grupo anarquista en un ataque incendiario contra la propia fábrica de la familia de su marido.
Sus hermanos y su esposo respondieron internándola por la fuerza en el psiquiátrico Nuevo Belén de Sant Gervasi. Le aplicaron sesiones de electroshock y duchas de agua fría hasta que un comando anarquista asaltó el establecimiento y la liberó. Caridad tomó a sus cinco hijos y se fue a vivir a Francia con Delrio. Cuando la relación se rompió, en 1928, intentó suicidarse. Pablo Mercader fue a buscar a los dos hijos menores.
Recuperada, se instaló en París y comenzó a militar en el Partido Socialista Francés. Allí entró en contacto con Leonid Eitingon, nombre en clave «Kotov», oficial del servicio de operaciones especiales del NKVD. Para 1930 ya era correo de la III Internacional Comunista. En 1935 la detuvo la policía francesa. La retuvieron quince días y la torturaron. Perdió la visión de un ojo. Fue expulsada de Francia y volvió a Barcelona.
La Pasionaria de Cataluña
En Barcelona cofundó el Partido Socialista Unificado de Cataluña. Cuando Franco se sublevó en julio de 1936, Caridad participó en la formación de las primeras milicias catalanas que marcharon hacia el frente de Aragón. Le asignaron el mando de una de ellas, que enseguida fue conocida como «la columna de Caridad Mercader». En ella combatían sus dos hijos mayores, Jorge y Ramón, y también África de las Heras, que años después dirigiría la red del KGB en América Latina. La hirieron en un bombardeo en el verano de 1936. La propaganda del PSUC la convirtió en símbolo de la mujer combatiente catalana. Empezaron a llamarla «la Pasionaria de Cataluña», lo que irritaba a Dolores Ibárruri, que acusaba a Caridad de usar a militantes catalanes para misiones de los servicios soviéticos sin consultar a la dirección del partido.
En el invierno de 1937 visitó a Ramón, que combatía en el frente de Madrid. Mantuvo con él una larga conversación a solas. «Me enteré de que mi madre estaba relacionada con los soviéticos», contó después su hermano Luis. «Y comprendí que Ramón también.» Lo que Caridad le dijo a su hijo en aquella conversación quedó resumido en el diálogo que Luis reprodujo: «Tú no eliges. Ninguno de nosotros elige. Solo hacemos lo que decide el partido.» Y cuando Ramón intentó resistirse: «No piensas, solo obedeces. No actúas por tu cuenta, solo ejecutas. No decides, solo cumples. Mi voz es la del camarada Stalin, y Stalin piensa por todos nosotros.»
La operación México
Al terminar la guerra en España, Caridad y Ramón viajaron juntos a la Unión Soviética. Ella fue reclutada formalmente en 1937, según los archivos soviéticos desclasificados tras la caída del Muro, aunque colaboraba de manera informal desde antes. Moscú les encargó una misión ordenada directamente por Stalin: eliminar a León Trotsky, exiliado en México y enemigo irreconciliable del líder soviético.
El primer atentado, ejecutado en mayo de 1940 por un comando al mando del muralista David Alfaro Siqueiros, fracasó. Trotsky sobrevivió. Fue entonces cuando Ramón ofreció acabar el trabajo él mismo. El 20 de agosto de 1940, mientras su hijo entraba en el estudio de Trotsky en Coyoacán con un piolet bajo el abrigo, Caridad esperaba en un coche en la calle con Eitingon. Cuando escucharon el alboroto, comprendieron que algo no había ido como estaba previsto. Arrancaron. Abandonaron a Ramón.
El sacrificio de su hijo era coherente con lo que ella misma le había enseñado: que en aquel trabajo nadie era irreemplazable, que la misión estaba por encima de las personas. Pero Caridad no lo aceptó del todo. Años después, desde México, intentó gestionar la liberación de Ramón a través de contactos y presiones al gobierno mexicano. Solo consiguió que reforzaran la custodia.
La Orden de Lenin
En marzo de 1941, Caridad llegó a Moscú. Lavrenti Beria, director del NKVD y con quien mantenía una relación íntima, organizó su recibimiento. Le impuso la Orden de Lenin. Era la primera mujer extranjera en recibirla. En los años siguientes tuvo misiones de vigilancia sobre comunistas búlgaros exiliados en la URSS y viajó a Turquía para participar en la preparación de un atentado contra el cónsul alemán Franz von Papen, que no llegó a ejecutarse.
Después de la Segunda Guerra Mundial se instaló en París, donde trabajó en conexión con la embajada soviética. Tras el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, los soviéticos aprovecharon que Caridad había nacido en Cuba y le concedieron pasaporte cubano. Hasta 1967 fue encargada de relaciones públicas de la legación diplomática de La Habana en París. El escritor Guillermo Cabrera Infante, que la trató en aquella época, la describió como «una vieja seca y desagradable». El representante cubano en París, Harold Gramatges, fue más preciso: «más estalinista que el propio Stalin».
El final
Pasó sus últimos años entre París y Moscú, donde viajaba a visitar a su hijo Ramón, que había regresado a la URSS tras cumplir su condena en México y vivía allí con el rango de coronel del KGB y la condecoración de Héroe de la Unión Soviética. Murió en París en 1975, a los ochenta y dos años, pocos meses antes de que muriera Francisco Franco en Madrid. La embajada soviética se hizo cargo de su funeral y de su entierro en el cementerio de Pantin.
Poco antes de morir le dijo a su hijo Luis una frase que resumía, sin propósito de síntesis, toda una vida: «Yo solo sirvo para destruir el capitalismo, pero no sirvo para construir el comunismo.» Era una manera honesta de describir lo que había sido. No una constructora de nada. Una fuerza de ruptura, llevada hasta sus últimas consecuencias, incluso cuando el precio lo pagó su propio hijo.
Nota histórica. La vida de Caridad Mercader está documentada en fuentes históricas, archivos soviéticos desclasificados y en la biografía El cielo prometido. Una mujer al servicio de Stalin, de Gregorio Luri (Ariel, 2017). Los testimonios de su hijo Luis Mercader constituyen una fuente de primera mano sobre la relación entre Caridad y Ramón. Murió en París en 1975 y fue enterrada en el cementerio de Pantin.
MPC
El ATENTADO DE ANKARA. La bomba que mató al portador y dejó al embajador de Hitler con los pantalones en el asfalto (17 junio 2026)

Esta historia forma parte de la serie «Españoles al servicio de Moscú». Desde la Guerra Civil española, el NKVD primero y el KGB después reclutaron a ciudadanos españoles como agentes de inteligencia en todo el mundo. Esta entrega puede leerse de forma independiente, aunque los protagonistas de las dos entregas anteriores —Ramón Mercader y su madre Caridad— reaparecen aquí, apenas dieciocho meses después de Coyoacán.
El 24 de febrero de 1942, a media mañana, Franz von Papen caminaba con su mujer por el bulevar Atatürk de Ankara en dirección a la embajada alemana. Era un paseo habitual: el edificio estaba a menos de un kilómetro de su residencia y el embajador lo hacía casi cada día. Lo que no sabía era que un joven de veinticinco años, estudiante de derecho en Estambul, caminaba en sentido contrario llevando una bomba bajo el abrigo.
Operación: Sin nombre en clave conocido
Objetivo: Franz von Papen, embajador del Reich alemán en Turquía
Fecha: 24 de febrero de 1942, Ankara
Organización: NKVD — 4.ª Dirección (operaciones especiales)
Resultado: Fracaso operativo. El portador de la bomba muere. El objetivo sobrevive ileso.
Agentes españoles implicados: Caridad Mercader del Río (apoyo operativo), Leonid Eitingon «Kotov» (director de la operación)
Franz von Papen no era un diplomático cualquiera. Había sido canciller de Alemania en 1932, el año previo a Hitler, y fue él quien convenció al presidente Hindenburg de nombrar a Hitler canciller en enero de 1933, creyendo que podría controlarlo. El error le costó casi la vida: en la Noche de los Cuchillos Largos de 1934, los hombres de las SS asesinaron a sus más cercanos colaboradores mientras él se salvaba por poco. Hitler lo mandó entonces lejos, primero como vicecanciller sin poder, luego como embajador en Viena y finalmente, desde 1939, como embajador en Ankara.
Turquía era, en 1942, el tablero de ajedrez más disputado de la Segunda Guerra Mundial que no estaba en el frente. El país permanecía neutral, pero su posición geográfica lo convertía en un punto clave: controlaba el estrecho del Bósforo, la única salida del Mar Negro, y su frontera sur tocaba el Cáucaso soviético. Tanto Berlín como Moscú y Londres querían a Turquía de su lado, o al menos que no se pusiera en su contra. Von Papen era el principal articulador de los intereses alemanes en Ankara, y lo hacía con una habilidad que Moscú consideraba inaceptable.
Por qué Stalin quería a von Papen muerto
La lógica de Moscú era doble. En primer lugar, von Papen era demasiado eficaz: estaba consiguiendo mantener a Turquía en una posición que beneficiaba a Alemania, impidiendo que los Aliados usaran territorio turco para aliviar la presión sobre el frente soviético. En segundo lugar, su asesinato podría provocar una crisis entre Ankara y Berlín que arrastrara a Turquía a la guerra —del lado que fuera— y complicara la posición alemana en el flanco sur.
La orden vino directamente de Stalin. La ejecución recayó en el hombre que ya había dirigido la operación de Coyoacán: Leonid Eitingon, nombre en clave «Kotov», el mismo oficial del NKVD que dieciocho meses antes había esperado en un coche frente a la casa de Trotsky con Caridad Mercader a su lado.
La red en Ankara
A principios de 1942, Eitingon se encontraba en Turquía con una misión oficial de «garantía de la neutralidad turca», cobertura habitual del NKVD para sus operaciones de influencia e inteligencia en países no beligerantes. Con él estaba Caridad Mercader, que desde su condecoración con la Orden de Lenin en marzo de 1941 —la primera mujer extranjera en recibirla— había pasado a ser uno de los activos operativos de mayor confianza de los servicios soviéticos.
La red local la componían dos agentes del NKVD integrados en la misión comercial soviética en Ankara: Georgy Mordvinov, conocido como «Pavlov», y Leonid Kornilov. Su trabajo fue reclutar al portador de la bomba. Lo encontraron en Estambul: Ömer Tokat, veinticinco años, estudiante de Derecho en la Universidad de Estambul, militante comunista. Tokat fue entrenado durante semanas para la operación. El plan era simple: acercarse a von Papen en la calle, detonar el artefacto en el momento del cruce y desaparecer entre la gente.
El 24 de febrero
La mañana del 24 de febrero de 1942 era fría y despejada. Von Papen y su esposa salieron de su residencia en el bulevar Atatürk y pusieron rumbo a la embajada, como cada día. Ömer Tokat caminaba en dirección contraria, llevando el artefacto oculto bajo la ropa. La bomba detonó a diecisiete metros del objetivo. No fue en el momento del cruce: explotó de forma prematura, antes de que Tokat llegara a estar al alcance letal de von Papen. La detonación destrozó al portador en el acto. La onda expansiva derribó al embajador y a su mujer sobre el asfalto, le arrancó los pantalones a von Papen y los dejó aturdidos, llenos de polvo y escombros. No hubo heridos graves. Ningún viandante murió. Von Papen se levantó del asfalto, se sacudió la ropa y contempló lo que quedaba del hombre que había intentado matarlo. Según relató después en sus memorias, su primer pensamiento no fue el miedo sino la perplejidad: no entendía por qué alguien quería matarle si él no era más que un embajador en una ciudad neutral.
El cerco a la embajada soviética
La policía turca actuó con rapidez. En pocas horas estableció que los responsables operativos no eran turcos. Las pistas llevaron a la misión comercial soviética. Kornilov y Mordvinov fueron identificados como los agentes que habían reclutado y entrenado a Tokat. Las fuerzas de seguridad turcas llegaron a rodear la embajada soviética en Ankara durante varios días, exigiendo el acceso a los dos funcionarios. La situación diplomática fue de una gravedad inusual para un país oficialmente neutral.
Kornilov y Mordvinov fueron detenidos, juzgados y condenados el 17 de junio de 1942 a veinte años de trabajos forzados. Era la primera vez que agentes soviéticos eran procesados públicamente en un tribunal de un país neutral por una operación de asesinato. Eitingon y Caridad Mercader no fueron identificados. Abandonaron Turquía sin ser detenidos, con la misma discreción con la que habían llegado.
El desenlace
Kornilov y Mordvinov no cumplieron su condena. El 2 de agosto de 1944, Turquía rompió relaciones diplomáticas con Alemania. Seis días después, el presidente İsmet İnönü los indultó y los expulsó del país. Regresaron a Moscú.
Von Papen continuó como embajador en Ankara hasta 1944. Fue juzgado en Núremberg por crímenes de guerra y absuelto. Murió en 1969 en Obersasbach, Alemania Occidental, a los ochenta y nueve años. Había sobrevivido a Hitler, a los intentos de asesinato de las SS, al bombardeo soviético en el bulevar Atatürk y al proceso de Núremberg. En sus memorias, publicadas en 1952, dedicó al atentado de Ankara apenas dos páginas.
La operación fue un fracaso completo: el objetivo sobrevivió, dos agentes fueron detenidos y Turquía se distanció temporalmente de la URSS. Sin embargo, Moscú extrajo una consecuencia práctica del episodio: la red de Ankara quedó desmantelada, y Eitingon fue retirado de las operaciones en territorio neutral para ser nombrado, a finales de 1942, subdirector de la 4.ª Dirección del NKVD, el departamento de sabotaje e infiltración en líneas enemigas. Esa sería su siguiente misión: ya no matar diplomáticos en paseos matutinos, sino organizar redes partisanas detrás de las líneas alemanas en la Europa ocupada.
MPC
«PATRIA» África de las Heras Gavilán (27 junio 2026)

Sobre una lápida de granito gris en el cementerio Jovánskoye de Moscú hay, entre inscripciones cirílicas, una palabra tallada en español: PATRIA. Debajo, el relieve de un rostro de mujer. Encima, en ruso, un nombre y dos fechas: 1909–1988. Pocos saben quién fue esa mujer. Justo lo que ella quería.
África de las Heras Gavilán nació en Ceuta el 26 de abril de 1909, en una de esas familias de la España conservadora que habitaban el mundo ordenado y previsible del Ejército, la Iglesia y las conveniencias sociales. Su padre, Zoilo de las Heras Jiménez, era militar; su madre, Virtudes Gavilán de Pro, una señora de misa, comunión diaria y visitas a desamparados. Dos tíos completaban el cuadro: uno, alcalde de Ceuta; otro, general de división. Nadie en esa casa habría apostado a que la niña África se convertiría en la espía más condecorada que haya producido jamás el suelo español.
La enviaron a Madrid a estudiar en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús. Luego al Monasterio de Melilla. El futuro que su familia le auguraba estaba escrito: un buen matrimonio o los hábitos religiosos. Pero a África no le interesaba ninguna de las dos opciones. En 1930, con veintiún años, se afilió al Partido Comunista Español y puso rumbo a Asturias, donde conoció a un joven llamado Santiago Carrillo. El mundo ordenado de su infancia quedó atrás para siempre.
En octubre de 1934, cuando los mineros asturianos se levantaron contra el gobierno de la República, África de las Heras estaba entre ellos. La revolución fue aplastada, pero ella no fue apresada. Empleó una habilidad que los servicios soviéticos apreciarían mucho: saber desaparecer a tiempo.
La Guerra Civil que comenzó en julio de 1936 la pilló en Barcelona. Allí participó en las patrullas de control miliciano y en lo que los cronistas de la época llamaban eufemísticamente «interrogatorios»: las checas, aquellos sótanos donde la revolución ajustaba cuentas y “apretaba clavijas” a sus enemigos reales o supuestos. Había cruzado una línea que pocos cruzan y de la que nadie regresa.
Fue también en Barcelona donde conoció a las personas que cambiarían el curso de su vida: Caridad del Río Hernández y su hijo Ramón Mercader. Caridad era una aristócrata catalana reconvertida al comunismo con la ferocidad de los conversos; Ramón, su hijo, un muchacho dispuesto a todo por Stalin. África y Ramón se convirtieron en amantes. Tuvieron una hija. África la dejó al cuidado de otros y siguió adelante. La maternidad no iba a detener ni retrasar sus planes.
A través de Caridad Mercader, África entró en contacto con el NKVD —la policía política soviética, predecesora del KGB— a finales de 1937. Sus nuevos jefes eran hombres de leyenda en el mundo de la inteligencia: el soviético Alexander Orlov, responsable del enlace entre Moscú y la República española; el húngaro Ernő Gerő; y sobre todo Nahum Eitingon, un maestro de la conspiración a quien los agentes llamaban simplemente «el General» y cuya especialidad era lo que los soviéticos denominaban «acción directa». Cuando Franco entró en Madrid, Orlov puso a África en el primer transporte hacia Moscú. La entrenaron como agente de inteligencia exterior, telegrafista y operadora de radio. Le enseñaron a fabricar identidades, a construir coberturas, a seducir sin ser seducida. Era una alumna excepcional. Su nombre en clave: PATRIA.
La primera misión de la recién entrenada agente PATRIA fue también la más delicada. Moscú había decidido que León Trotsky, el enemigo mortal de Stalin, debía morir. El problema era que Trotsky vivía exiliado en Coyoacán, México, rodeado de guardaespaldas y desconfiado de todos. Hacerle llegar un asesino requería tiempo, paciencia y varias capas de infiltración. Eitingon diseñó el plan. África recibió la instrucción de viajar a Noruega e infiltrarse en la IV Internacional —la organización trotskista— para obtener acceso al círculo más próximo al exiliado. Lo hizo bajo el nombre de María de la Sierra. Desde Noruega viajó a México a finales de 1939.
Lo que exactamente hizo África dentro de la casa de Coyoacán es uno de los puntos que la historia no ha podido dilucidar con certeza. Algunos testimonios la sitúan trabajando en la propia residencia de Trotsky como ayudante; otros investigadores sostienen que su papel fue de apoyo externo, coordinando los movimientos de los conspiradores. Lo que sí está documentado es que participó en el primer atentado, organizado en mayo de 1940 por el muralista David Alfaro Siqueiros. Pero fue todo un fracaso: Trotsky sobrevivió.
El segundo intento no falló. El 20 de agosto de 1940, Ramón Mercader entró en la casa de Coyoacán, pidió a Trotsky que leyera un artículo y, mientras el viejo revolucionario se inclinaba sobre el papel, le hundió un piolet de alpinismo en la nuca. Trotsky murió al día siguiente. Mercader fue detenido en el acto. África de las Heras embarcó en un carguero soviético y desapareció del continente americano.
Cuando el 22 de junio de 1941 las divisiones blindadas de Hitler cruzaron la frontera soviética, África llevaba meses en Moscú, donde la habían reconvertido en enfermera y especialista en transmisiones de radio. En mayo de 1942 saltó en paracaídas sobre los bosques de Ucrania con un grupo de partisanos españoles y soviéticos. Como telegrafista del grupo conocido como «Los Vencedores» estuvo detrás de las líneas alemanas durante más de dos años, transmitiendo información a Moscú e interceptando y distorsionando las comunicaciones enemigas. Era la voz cifrada que llegaba a los cuarteles generales soviéticos desde el corazón del territorio ocupado. Permaneció en Ucrania hasta finales de 1944. Acabada la guerra, adquirió la nacionalidad soviética y fue incorporada definitivamente al KGB como coronel de inteligencia exterior.
La siguiente misión comenzó en París. Durante un año vivió allí con la cobertura de modista de alta costura —el negocio lo financiaban fondos soviéticos—, moviéndose entre la alta sociedad sin levantar sospechas. Pero París era solo la antesala. Moscú había identificado América del Sur como terreno prioritario para sus operaciones durante la Guerra Fría, y Uruguay —pequeño, estable, sin conflictos internos— como el lugar perfecto para instalar un centro de coordinación.
La llave para entrar la encontró en la persona de Felisberto Hernández, escritor uruguayo, anticomunista y conservador, con quien cruzó el Atlántico en 1948. Se casaron en Montevideo. Con los documentos del matrimonio, África obtuvo la ciudadanía uruguaya. Cuando los tuvo en la mano, se separó de Hernández. El incauto estaba enamorado, pero ella tenía trabajo que hacer con la cobertura obtenida.
Desde un apartamento en Montevideo, PATRIA montó una emisora de radio clandestina y comenzó a tejer la red. Los informes llegaban de agentes repartidos por Argentina, Chile, Brasil, Ecuador y Bolivia. Ella los procesaba, los cifraba y los enviaba a Moscú. Como diría años después el periodista uruguayo Raúl Vallarino, que estudió su caso en profundidad: «Si había un espía que tenía que instalarse en Ecuador o en Chile, tenía que pasar por Uruguay primero. Era la jefa de todo el servicio de espionaje en toda América del Sur.»
En 1956 recibió una orden de Moscú: trasladarse a Buenos Aires para conocer a un agente recién llegado. Se llamaba Giovanni Antonio Bertoni; viajaba con pasaporte a nombre de Valentino Marchetti; su nombre en clave era «Marko». Era el nuevo jefe del KGB para el continente. La cobertura que montaron fue que se habían conocido en un viaje y se habían enamorado. Se casaron. Instalaron una tienda de antigüedades en la Ciudad Vieja de Montevideo. Durante nueve años viajaron por el continente como un matrimonio adinerado aficionado al turismo.
En 1965, Marko murió. El certificado señaló «causas naturales». Algunos investigadores del caso han apuntado otra posibilidad: que Marko hubiera comenzado a mostrarse crítico con la política soviética hacia los movimientos guerrilleros que empezaban a extenderse por el continente, y que África hubiera recibido —y cumplido— una orden terminal. No hay pruebas. Hay un muerto y una espía que nunca fue capturada.
En 1968, después de veinte años en América del Sur sin haber levantado una sola sospecha, PATRIA recibió la orden de regresar a Moscú. En la Unión Soviética la recibieron con honores. Nadie pensó en el retiro. La nombraron instructora: durante casi veinte años más enseñó a las nuevas generaciones de agentes soviéticos el oficio que ella había dominado como nadie. En 1976, el Presídium del Sóviet Supremo le concedió la Orden de Lenin «por servicios especiales».
Murió el 8 de marzo de 1988 en Moscú, poco antes de cumplir setenta y nueve años. La enterraron con honores militares en el cementerio Jovánskoye. Su tumba no da su nombre real. Como he descrito al inicio, dice simplemente: PATRIA.
La niña que se había educado en el Sagrado Corazón de Jesús, cuya familia soñaba con un buen matrimonio o los hábitos religiosos, eligió una tercera vía que sus parientes no habrían podido imaginar ni en la peor de sus pesadillas.
Saturio Douro
LOS VENCEDORES EN UCRANIA. Cómo el NKVD sedujo al escritor uruguayo más anticomunista de París para usarlo de tapadera y montar desde Montevideo la mayor red de espionaje soviético en América del Sur ( 07 julio 2026)

«Dos años y medio en los bosques de Vinnytsia: cómo una española del NKVD ayudó a localizar el cuartel secreto de Hitler en el frente del Este«
En la noche del 16 de junio de 1942, sobre los bosques al sureste de Kiev, se abrieron varios paracaídas. Entre los que cayeron aquella noche había una mujer de treinta y tres años, nacida en Ceuta, que llevaba al hombro una maleta de radio y en los bolsillos dos granadas y una pistola. Su nombre en la operación era Yvonne. Su misión: interceptar comunicaciones alemanas en territorio ocupado, transmitir información falsa a las fuerzas del Reich y no dejarse capturar con vida.
Operación: Pobedíteli («Los Vencedores»)
Agente: África de las Heras Gavilán, nombre en clave «Yvonne» (subcomandante)
Período: 16 de junio de 1942 – finales de 1944
Teatro: Ucrania ocupada. Bosques de Vinnytsia y región de Rivne
Organización: NKVD — 4.ª Dirección (operaciones especiales)
Resultado: Operación exitosa. Golpe de inteligencia: localización del cuartel secreto de Hitler en el frente del Este.
Cuando África de las Heras regresó a Moscú desde México en 1940, encontró un país movilizándose para la guerra más grande de su historia. La operación Barbarroja, el ataque alemán a la Unión Soviética lanzado en junio de 1941, había puesto en jaque todo el frente occidental soviético y amenazaba con llegar hasta Moscú antes del invierno. El NKVD, que había dirigido las operaciones en México con Eitingon y los Mercader, giraba ahora hacia una prioridad diferente: montar redes partisanas en los territorios ocupados por Alemania.
África solicitó ir al frente. Realizó cursos acelerados de enfermería y radiotelegrafía en Moscú. Aprendió a manejar el equipo de transmisión portátil que usarían en el campo, un aparato pesado y delicado que debía transportarse en una maleta especial a la espalda. Aprendió también los códigos de cifrado que usaría para comunicarse con el centro de mando. Y firmó el juramento que firmaban todos los agentes que caían en territorio enemigo: destruir el equipo y los códigos antes de dejarse capturar, y no rendirse con vida.
Le entregaron dos granadas, una pistola y un cuchillo de campo. Nunca se separó de ninguno de los cuatro.
La unidad
La unidad a la que fue asignada se llamaba Pobedíteli, «Los Vencedores» en ruso. La mandaba el coronel del NKVD Dmitri Medvedev, veterano de operaciones partisanas desde los primeros meses de la guerra. La formación era heterogénea: agentes del NKVD entrenados en Moscú, combatientes soviéticos y un grupo de españoles, republicanos exiliados que llevaban años en la
Unión Soviética desde la derrota en la Guerra Civil y que ahora peleaban contra el mismo fascismo que los había expulsado de su país.
Entre los españoles de la unidad había hombres que habían combatido en el frente de Aragón, en el Ebro, en Madrid. Algunos conocían a África de la guerra española. Para todos ellos, la lucha en los bosques ucranianos era la continuación de una guerra que nunca había terminado del todo.
Con ellos viajaba también uno de los agentes más extraordinarios del NKVD en toda la guerra: Nikolái Kuznetsov, que operaría con la identidad de Paul Siebert, un oficial de la Wehrmacht con documentación impecable. Kuznetsov se movería entre los mandos alemanes de la región haciéndose pasar por oficial nazi, extrayendo información de primera mano en los propios cuarteles del enemigo.
La vida en los bosques
La unidad operaba desde bases improvisadas en los bosques de Vinnytsia y la región de Rivne, en el centro-oeste de Ucrania. El terreno era favorable para los partisanos: bosques espesos, pantanos, aldeas dispersas donde la población local oscilaba entre la colaboración forzada con los ocupantes y la simpatía hacia la resistencia.
África llevaba siempre a la espalda la maleta de radio, incluso en los desplazamientos nocturnos a través del bosque. Era la telegrafista de la unidad: su trabajo era establecer la conexión con Moscú en los momentos y frecuencias acordados, transmitir los partes cifrados y, cuando era posible, interceptar y descifrar las comunicaciones alemanas. Cada transmisión era un riesgo: los alemanes tenían equipos de radiogoniometría —aparatos capaces de triangular la posición de un emisor activo— y una transmisión demasiado larga o en la frecuencia equivocada podía revelar la posición del campamento.
Las instrucciones eran estrictas: transmisiones breves, cambios frecuentes de frecuencia, silencio de radio en los períodos de mayor riesgo. Si los alemanes localizaban el equipo, África tenía orden de hacerlo estallar antes de que cayera en manos enemigas. Nadie en la unidad dudaba que cumpliría esa orden.
El Werwolf
En diciembre de 1942, Los Vencedores protagonizaron uno de los golpes de inteligencia más significativos del frente del Este. A través de la red de información que Kuznetsov había tejido entre los oficiales alemanes de la región, la unidad estableció que Adolf Hitler disponía de un cuartel general secreto en territorio ucraniano, a pocos kilómetros de Vinnytsia. El nombre en clave era Werwolf.
El Werwolf era la instalación que Hitler usaba como mando avanzado cuando quería dirigir personalmente las operaciones en el frente del Este sin desplazarse a Prusia Oriental. Era un complejo de bunkers y barracones camuflados en el bosque, desconocido para los Aliados y para el propio Estado Mayor soviético. Los Vencedores transmitieron sus coordenadas a Moscú.
La información fue usada por la aviación soviética para bombardear la zona, aunque Hitler ya no se encontraba allí cuando se ejecutaron los ataques. El cuartel fue abandonado definitivamente por los alemanes en 1943, cuando el frente comenzó a replegarse hacia el oeste. Aun así, el golpe de inteligencia fue reconocido en Moscú como uno de los más valiosos obtenidos por las redes partisanas durante toda la guerra.
El regreso
Los Vencedores operaron en territorio ocupado hasta finales de 1944. A medida que el Ejército Rojo avanzaba hacia el oeste y recuperaba el control de Ucrania, la utilidad de las redes partisanas en esa región disminuía. La unidad fue disuelta y sus miembros repatriados a Moscú.
África de las Heras regresó en el otoño de 1944. Llevaba dos años y medio viviendo en los bosques, durmiendo en el suelo, cargando el equipo de radio a la espalda, transmitiendo en clave bajo la lluvia y la nieve del invierno ucraniano. Tenía treinta y cinco años.
En Moscú le esperaban nuevas instrucciones. La guerra en Europa estaba llegando a su fin, pero la guerra del espionaje no terminaba nunca. El NKVD tenía planes para ella en Europa occidental, y desde Europa occidental, los tendría para América Latina. Esa sería la siguiente fase: la más larga, la más sofisticada y la que la convertiría, veinte años después, en la jefa de toda la red de inteligencia soviética en América del Sur.
Pero eso es otra historia.
MPC
FELISBERTO HERNÁNDEZ Y LA ESPÍA. Cómo el NKVD sedujo al escritor uruguayo más anticomunista de París para usarlo de tapadera y montar desde Montevideo la mayor red de espionaje soviético en América del Sur (15 julio 2026)

El 13 de diciembre de 1947, en el Pen Club de París, el escritor Jules Supervielle presentó a su último descubrimiento literario: el cuentista uruguayo Felisberto Hernández. Entre el público que llenaba la sala aquella noche había una mujer de mirada oscura y acento andaluz que no había llegado allí por casualidad. Tenía cuatro meses para enamorar a Felisberto antes de que su beca francesa terminara y él regresara a Montevideo. Cuatro meses era el tiempo que el NKVD había calculado que necesitaba.
Operación: Sin nombre en clave conocido
Agente: África de las Heras Gavilán, nombre en clave «María Luisa» / «Patria»
Objetivo operativo: Felisberto Hernández, escritor y pianista uruguayo, anticomunista declarado
Período: Diciembre de 1947 (París) – 1968 (retirada de Montevideo)
Misión: Usar el matrimonio como tapadera para dirigir la red de inteligencia soviética en América del Sur desde Montevideo
Resultado: Veinte años de operaciones exitosas. La mayor red del KGB en América Latina.
Cuando África de las Heras regresó de Ucrania en el otoño de 1944, Moscú le tenía preparada una misión diferente a todo lo que había hecho antes. No habría bosques, ni saltos en paracaídas, ni equipo de radio a la espalda. Esta vez la herramienta sería la elegancia. Le dieron una nueva identidad —María Luisa de las Heras, modista de alta costura—, documentación impecable, dinero para ropa y alojamiento, y una dirección en París. La instrucción era sencilla: integrarse en la alta sociedad parisina de la posguerra y encontrar al hombre indicado.
El hombre indicado tenía que cumplir dos condiciones aparentemente contradictorias: ser lo bastante respetable para abrirle las puertas de la sociedad uruguaya, y ser lo bastante anticomunista para que nadie pudiera sospechar que su esposa trabajaba para Moscú. Felisberto Hernández cumplía ambas.
Quién era Felisberto Hernández
Felisberto Hernández era, en 1947, uno de los escritores más singulares de América Latina, aunque todavía poco conocido fuera de su país. Había nacido en Montevideo en 1902 en una familia modesta, y había desarrollado desde joven una doble vocación de pianista y escritor que nunca le proporcionó seguridad económica. Era gordo, excéntrico, profundamente ensimismado, con una vida interior tan densa que a menudo parecía no ver lo que tenía delante. Jules Supervielle lo había descubierto y lo había traído a París con una beca para presentarlo en los círculos literarios franceses.
Era también, en sus escritos y en sus intervenciones públicas, un anticomunista declarado. Escribiría artículos contra el comunismo en el periódico El Día de Montevideo. Para el NKVD, eso no era un inconveniente: era exactamente la cobertura que buscaban. Junto a un hombre así, ningún servicio de contrainteligencia occidental buscaría agentes soviéticos.
Los cuatro meses
La presentación en el Pen Club fue el primer contacto calculado. María Luisa se acercó a Felisberto aquella misma noche, con el acento ceutí que todos los presentes tomaron por andaluz, y la eficacia de la maniobra dejó perplejo al propio Supervielle. En menos de una hora, Felisberto salía de la sala siguiéndola.
El noviazgo duró los cuatro meses que el NKVD había previsto. Felisberto vio en aquella modista española una solución a sus problemas económicos crónicos. Ella vio en él lo que Moscú le había indicado que viera: un pasaporte social para Montevideo. Se casaron en 1949 y se instalaron en la capital uruguaya.
Felisberto no sabía nada. No supo nada durante toda su vida.
La red desde Montevideo
Montevideo era, para el NKVD, una ciudad con historia. Entre 1928 y 1943 había funcionado allí el Buró Sudamericano de la Internacional Sindical Roja. Era una ciudad tranquila, discreta, con poca vigilancia de contrainteligencia, y servía como puerta de entrada natural a todo el cono sur del continente. Lo que la NKVD necesitaba era alguien que pudiera moverse en ella con libertad y sin despertar sospechas.
María Luisa lo consiguió con una rapidez notable. A través de Felisberto —que la introdujo en los círculos literarios, universitarios y periodísticos de Montevideo— se relacionó con la alta sociedad uruguaya. Sus vecinos la apreciaban. Sus amigos admiraban su serenidad. Sonreían ante su declarada ignorancia en materia política y la compadecían por tener que soportar al «gordo maniático» en que, según decían, se había convertido su marido.
En el piso de Montevideo funcionaba, oculto, un centro de radiocomunicaciones equipado con una máquina decodificadora. A través de él, Patria transmitía en clave a Moscú y coordinaba el tráfico de información de los agentes soviéticos en todo el subcontinente. Su función era la de jefa de red: cada agente del KGB que llegaba a instalarse en un país latinoamericano pasaba primero por Montevideo, donde María Luisa le preparaba los documentos, le transmitía las instrucciones de Moscú y le asignaba su zona de actuación.
Era la jefa de todo el servicio de espionaje soviético en América del Sur. Lo fue durante veinte años.
Las Hortensias
En 1949, mientras instalaba su red en Montevideo, Felisberto Hernández escribió el cuento más extraño de su carrera: «Las Hortensias». Se lo dedicó a su mujer con una inscripción: «A María Luisa, el día en que dejó de ser mi novia».
El cuento narra la historia de Horacio, un hombre obsesionado con muñecas de tamaño natural, iguales a su mujer, a las que hace representar escenas misteriosas. En la casa trabaja un valet ruso llamado Alex. Las muñecas «parecían seres hipnotizados cumpliendo misiones desconocidas o prestándose a designios malvados». En la escena final, Horacio le pregunta al valet su opinión sobre una de ellas, y Alex responde: «Muy hermosa, señor. Se parece mucho a una espía que conocí en la guerra.» «Eso me encanta, Alex.» Nadie que lo leyó entonces supo interpretar esas palabras. Felisberto las escribió sin saber lo que escribía, aplicando, como siempre, lo que su biógrafa Alicia Dujovne Ortiz llamó «una docena de ojos habituados a la penumbra». Su obra entera está atravesada por temas de encubrimiento, falsos mensajes y secretos que acaban por ser denunciados. Los escribió sin entender de qué trataban. Los vivió sin saberlo.
El divorcio y Marchetti
Transcurridos dos años del matrimonio, África ya tenía todo lo que necesitaba: ciudadanía uruguaya, redes sociales consolidadas, cobertura establecida. Ya no necesitaba a Felisberto. Se divorciaron.
Felisberto, fiel a su propio carácter, no guardó rencor. Cuando ella tramitó la ciudadanía uruguaya, él firmó los documentos necesarios sin preguntar por qué los necesitaba. Nunca entendió del todo lo que había sido su matrimonio. Continuó escribiendo, continuó en sus problemas económicos, continuó siendo el hombre que percibía el mundo a través de un sentido que no era exactamente la razón.
África se casó poco después con Valentino Marchetti, presentado como un simpático italiano. También era espía soviético. La pareja proporcionó durante años la cobertura perfecta: un matrimonio burgués, discreto, sin afiliaciones políticas visibles, en una ciudad donde nadie buscaba nada.
A principios de los años sesenta, Marchetti comenzó a dudar de las políticas soviéticas. Era un hombre joven y sano. Murió de un paro cardíaco repentino. La policía uruguaya abrió una investigación que fue archivada sin conclusiones.
El año 1964
En 1964 murieron dos hombres relacionados con esta historia. Valentino Marchetti, en circunstancias nunca aclaradas. Y Felisberto Hernández, de leucemia, con el cuerpo amoratado por la enfermedad, como había descrito —sin saberlo— en «Las Hortensias» veinte años antes. Murió sin conocer nunca la identidad de la señora de Hernández.
África permaneció en Montevideo hasta 1968. Cuando fue llamada a Moscú para trabajar como instructora de nuevos agentes, dejó la ciudad sin que nadie supiera quién había sido realmente la modista española que durante veinte años había tejido pacientemente, desde un piso tranquilo de la capital uruguaya, la mayor red de espionaje soviético del continente americano.
Sus cenizas no están en Montevideo. Las de Felisberto tampoco están en ningún sitio: se perdieron. El único lugar donde algo de esta historia permanece es en el cementerio de Khovanskoye en Moscú, donde una lápida lleva grabado un rostro de mujer y, en castellano, una sola palabra: Patria.
Esta historia forma parte de la serie «Españoles al servicio de Moscú». La historia de África de las Heras y Felisberto Hernández fue descubierta y publicada por primera vez en 1998 por el investigador uruguayo Fernando Barreiro. Está documentada en el artículo de Alicia Dujovne Ortiz en La Nación de Buenos Aires (febrero de 2007) y en el libro de Raúl Vallarino Nombre clave: Patria. Un espía del KGB en Uruguay (Sudamericana). El cuento «Las Hortensias» de Felisberto Hernández está disponible en sus obras completas. Los detalles operativos de la red de Montevideo están documentados en fuentes biográficas sobre África de las Heras.
MPC
LA MUERTE DE MARKO: El misterio que el KGB dejó enterrado en Montevideo (30 julio 2026)
En Montevideo, en 1964, un espía italiano murió en su sillón. Su esposa llamó al médico. El caso se archivó. Décadas después, una grabación planteó una pregunta que nadie pudo responder

En la calle Williman de Montevideo había una casa tranquila donde vivía un matrimonio de apariencia anodina: ella, una modista española de mediana edad, canosa, seca, de voz apacible; él, un simpático italiano llamado Valentino. En 1964, el italiano murió en su sillón de un paro cardíaco. Su esposa llamó al médico, que firmó el certificado de defunción. La policía no abrió ninguna investigación. El caso se cerró.
Muerto: Valentino Marchetti, espía del KGB, nombre en clave «Marko»
Lugar: Calle Williman, Montevideo, Uruguay
Fecha: 1964
Causa oficial: Paro cardíaco
Testigo relevante: Una bibliotecaria uruguaya cooptada como colaboradora del KGB
Estado del caso: Archivado. Sin cargos. Sin condenas.
Valentino Marchetti no era un marido cualquiera. El KGB lo había enviado a Montevideo para cumplir una doble función: ser la cobertura oficial de África de las Heras y actuar como su superior jerárquico dentro de la red de inteligencia soviética en América del Sur. Frente al mundo era un simpático italiano sin filiación política visible. Dentro de la red era el enlace directo con Moscú para las operaciones más delicadas.
Durante años el sistema funcionó sin problemas. África tejía la red desde Montevideo —documentos falsos obtenidos de partidas de nacimiento de cementerios rurales, coordinación de agentes en todo el cono sur, transmisiones cifradas a Moscú— y Marchetti supervisaba, validaba e informaba. Eran un equipo eficaz en una ciudad donde nadie buscaba espías soviéticos.
Las dudas de Marko
A principios de los años sesenta, algo cambió en Marchetti. Las evidencias son escasas y en gran medida provienen de fuentes indirectas, pero el patrón es reconocible: era el mismo que había llevado a otros agentes soviéticos a volverse incómodos para Moscú. Marchetti empezó a dudar de las políticas de la Unión Soviética. Era un hombre joven y sano que había pasado años ejecutando instrucciones que, vistos desde la distancia de América del Sur, quizás empezaban a parecerle menos justificadas.
En el vocabulario del KGB, un agente que duda es un agente que puede hablar. Un agente que puede hablar es una amenaza. Moscú tenía procedimientos para esos casos, y África de las Heras los conocía mejor que nadie.
Arbelio Ramírez
Tres años antes de la muerte de Marchetti, en 1961, otro hombre había muerto en Montevideo en circunstancias que también se cerraron sin investigación. Se llamaba Arbelio Ramírez, era profesor universitario uruguayo y había sido, según diversas fuentes, reclutado como colaborador de la red de África de las Heras.
Ramírez murió durante un acto público de Ernesto «Che» Guevara en Montevideo en agosto de 1961. La causa de la muerte fue declarada natural. Para tramitar los documentos oficiales, África de las Heras contrató a un médico de su confianza para realizar la autopsia.
Era el mismo médico que tres años después firmaría el certificado de defunción de Valentino Marchetti.
La grabación
La historia podría haber permanecido enterrada para siempre. África de las Heras abandonó Montevideo en 1968 y regresó a Moscú, donde pasó el resto de su vida como instructora de nuevos agentes. Murió en 1988. Nunca fue acusada de nada en Uruguay. Nunca fue investigada formalmente.
Décadas después, la escritora argentina Laura Ramos —que había sido llevada de niña a la casa de la calle Williman por su madre, amiga de «María Luisa»— emprendió una investigación de cinco años sobre la espía española que le había dado la merienda en su infancia. Entre los materiales que encontró había un cassette.
En la grabación, una mujer uruguaya que había sido cooptada como colaboradora del KGB —una bibliotecaria— relataba lo que había presenciado o sabido en aquellos años. Sus palabras sobre la muerte de Marchetti eran directas:
«Ella envenenó a su esposo en ese sillón. Me pidió ayuda para trasladar el cadáver de un cuarto a otro.»
La misma voz en el cassette relacionaba a África con la muerte de Arbelio Ramírez. Y la misma investigación de Ramos estableció el vínculo del médico común.
Lo que el cassette no puede probar
Una grabación no es una sentencia. La bibliotecaria del cassette nunca testificó en ningún proceso judicial porque nunca hubo proceso judicial. Su nombre no fue hecho público. Sus palabras no fueron sometidas a ningún escrutinio forense. La cadena de custodia del cassette es opaca. El médico que firmó ambos documentos murió antes de que nadie pensara en interrogarlo.
El KGB contaba con eso. Las operaciones más delicadas se diseñaban precisamente para que la responsabilidad fuera imposible de probar: un médico de confianza, una muerte que no levantara sospechas, una ciudad donde nadie buscaba a nadie. La eficacia del sistema se medía en archivos cerrados y casos sin resolver.
Africa de las Heras, la primera española en llegar al rango de coronel del KGB, la mujer más condecorada de la Unión Soviética, murió en Moscú el 8 de marzo de 1988 con la Estrella Roja, la Orden de la Guerra Patria y la medalla Por la Valentía cosidas al pecho. Fue enterrada con honores militares en el cementerio de Khovanskoye. En su lápida hay una sola palabra en castellano: Patria.
En la calle Williman de Montevideo, en el sillón donde un niño tomaba la merienda, un hombre había muerto antes que ella. No hay lápida para Valentino Marchetti. No hay placa. No hay expediente judicial.
Solo hay una grabación en un cassette, y una pregunta que nadie respondió.
Esta historia forma parte de la serie «Españoles al servicio de Moscú». Los hechos relacionados con la muerte de Valentino Marchetti y su posible vinculación con África de las Heras están documentados en el libro de la escritora argentina Laura Ramos Mi niñera de la KGB (Random House, 2026), resultado de cinco años de investigación. La grabación de la bibliotecaria uruguaya es la fuente principal para los detalles del envenenamiento. La vinculación con la muerte de Arbelio Ramírez y el médico común forma parte del mismo libro. Ninguno de estos hechos ha sido objeto de un proceso judicial. La pregunta sobre la responsabilidad de África de las Heras en estas muertes permanece abierta.
MPC
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