
PEQUEÑOS RELATOS nace como un espacio dedicado a la narrativa breve ambientada en el mundo de la inteligencia. Historias construidas en torno al espionaje, la obtención de información, las fuentes humanas, la vigilancia, el contraespionaje, la seguridad y, sobre todo, a las personas que se mueven en ese universo donde la discreción y el secreto forman parte de la vida cotidiana.
Los relatos que aquí se presentan podrán inspirarse en situaciones históricas, experiencias profesionales, escenarios verosímiles o ser fruto de la ficción. Su propósito no es revelar secretos ni describir operaciones sensibles, sino acercar al lector a la cultura de inteligencia a través de la narrativa, mostrando circunstancias, decisiones, dilemas y pequeños detalles que ayudan a comprender una actividad habitualmente alejada de la mirada pública.
Porque en inteligencia no siempre son necesarias grandes operaciones para contar una gran historia. A veces, una conversación aparentemente intrascendente, una mirada, una espera demasiado larga, una llamada que nunca llega o un detalle que pasa inadvertido para todos puede contener una historia completa.
Pequeños relatos, grandes lecciones de inteligencia.

LIS, ENTRE EL RIO MEKONG Y EL TAJO (23 agosto 2026)
Lis, entre el río Mekong y el Tajo narra la singular historia de una mujer laosiana que, tras huir de su país, construye una nueva vida en Toledo. Entre recuerdos, raíces y una inesperada conexión con el mundo de la inteligencia, el relato nos descubre que detrás de una existencia aparentemente cotidiana pueden esconderse experiencias extraordinarias.
LIS, ENTRE EL RÍO MEKONG Y EL TAJO (23 agosto 2026)

Capítulo I.
Café con vistas al Imperio
Luis conoció a Lis en el bar de la Biblioteca de Castilla-La Mancha, instalado en lo alto del Alcázar de Toledo, lugar donde uno puede pedir un café, contemplar media provincia y sentirse emperador durante los siete minutos que tarda en enfriarse la leche.
Lis trabajaba detrás de la barra junto a su marido, Manolo. Ella tenía sesenta y un años, había nacido en Laos, conservaba unos rasgos asiáticos suaves y hablaba un español mejor que muchos tertulianos nacionales. Manolo era toledano de nacimiento y sordo por acumulación de años, ruido de cafetería y selección natural matrimonial.
—Manolo, ponle un café al coronel —decía Lis. —¿Un tortel? —¡Un café! —Eso he dicho —respondía Manolo un tanto contrariado.
Manolo había perfeccionado una técnica auditiva muy española: cuando no entendía algo, asentía. Gracias a ella llevaba casado muchos años, tenía una hija, dos nietas y una tranquilidad doméstica que habría envidiado cualquier negociador de Naciones Unidas.
Luis comenzó a conversar con Lis durante sus visitas a la biblioteca. Entre periódico y periódico, ella le servía café y pequeñas dosis de su biografía. Había llegado a España a finales de 1979, cuando todavía se fumaba en los hospitales, los televisores tenían dos cadenas y la Transición intentaba convencer a los españoles de que discutir sin matarse era una posibilidad razonable. Esos tiempos difícilmente van a volver….
España acogió entonces a varios cientos de refugiados del sudeste asiático, principalmente laosianos y vietnamitas, que huían de los regímenes comunistas. Entre ellos había familias pertenecientes a minorías como los “hmong”, algunos de cuyos miembros habían colaborado con las operaciones clandestinas de la CIA durante la llamada “guerra secreta” (1964/1973) de Laos. Una guerra tan secreta que dejó miles de muertos, millones de bombas y suficientes documentos desclasificados para llenar otra planta del Alcázar.
Los refugiados fueron repartidos por distintas provincias mediante programas humanitarios y organizaciones católicas. Porque España, cuando no sabía entonces muy bien qué hacer con alguien, lo distribuía por diócesis. Hoy en día los reparte por ONGs.
A Lis le correspondió Toledo. Había cambiado el Mekong por el Tajo, la selva por la piedra imperial y el arroz glutinoso por las carcamusas. No figuraba en ningún manual de integración, pero funcionó.
Capítulo II.
La hija del militar
La madre de Lis se casó en segundas nupcias con un militar laosiano que terminó emigrando a Estados Unidos. Aquel hombre adoptó a Lis como hija y ella llegó a apreciarlo profundamente. Fue su segundo padre, aunque la burocracia se empeñara en colocar delante la palabra “adoptivo”, como si el cariño necesitara una nota aclaratoria al pie.
El padre y parte de la familia terminó en Norteamérica porque él siguió trabajando para sus antiguos patrones. Lis, en cambio, se quedó en España. La historia universal se compone muchas veces de decisiones tomadas con una maleta abierta sobre la cama: unos cruzan el Atlántico, otros se quedan en Toledo y algunos no consiguen cerrar a tiempo la cremallera de la maleta. Fue el caso de Lis, cosas del Amor.
Lis aprendió español con rapidez. Después aprendió también toledano, que es una variante más compleja basada en frases cortas acabadas en “bolo” y la convicción de que todo lo importante en Toledo ocurrió durante el reinado de José Bono.
Conoció a Manolo, se casó, tuvo una hija y llegaron dos nietas. Construyó su vida entre cuestas, murallas, turistas desorientados y cafés servidos en la planta más elevada del antiguo símbolo del poder militar español. La niña refugiada de Laos terminó trabajando en el Alcázar. No había conquistado Toledo, pero tenía las llaves del bar, que en términos prácticos era casi lo mismo.
—¿Y nunca has vuelto? —le preguntó Luis. —Alguna vez. Pero no es igual. —¿Ha cambiado mucho Laos? —Ha cambiado Laos y he cambiado yo.
Manolo, que limpiaba unas tazas, intervino: —¿Qué dice de los lazos? —¡De Laos! —Eso, de los lazos familiares.
Lis lo miró con esa paciencia que solo se alcanza después de décadas de matrimonio.
En Toledo todos conocían a Lis, pero pocos conocían la muchacha que había sido. Para los clientes era la mujer china amable del bar, la que recordaba quién tomaba sacarina, quién pedía el café templado y quién entraba únicamente para usar el servicio. Nadie imaginaba detrás de esa cafetera la guerra de Vietnam, los bombardeos sobre Laos, la CIA, los hmong, los campos de refugiados y aquel viaje hacia una España que apenas sabía situar Indochina en el mapa.
Su vida había quedado resumida en una frase: —Lis es de Laos, pero lleva aquí toda la vida. Como si “toda la vida” borrase el comienzo.
Capítulo III.
Jubilación con billete de vuelta
Ahora Lis quería jubilarse. Había servido miles de cafés, criado a una hija, mimado a dos nietas y traducido durante años las palabras de Manolo al resto de la humanidad. Consideraba cumplidos sus servicios a España. Su proyecto era regresar a Laos.
—¿Para siempre? —preguntó Luis. Lis tardó en contestar. —No sé. Quiero volver y vivir allí un tiempo. Sentía nostalgia de su país de origen, aunque la mayor parte de su existencia hubiese transcurrido en Toledo. Echaba de menos paisajes que recordaba como niña, sabores que el tiempo había endulzado y una patria que quizá ya solo existía en su memoria. La nostalgia es una agencia de viajes muy poco fiable: vende billetes de regreso a lugares que dejaron de existir.
Luis comprendía aquella contradicción. Quien ha vivido lejos sabe que uno puede pertenecer a dos países y sentirse extranjero en ambos. Lis llevaba Laos en el rostro y Toledo en la voz. Recordaba el Mekong, pero se quejaba cuando el Tajo venía demasiado bajo. Soñaba con los arrozales y, sin embargo, podía discutir durante media hora sobre dónde preparaban las mejores migas.
Manolo no parecía entusiasmado con la mudanza. —¿Y allí qué voy a hacer yo? —Descansar. —¿repasar? —¡Descansar! —Ah, bueno. Mientras no haya que subir cuestas…
Lis le explicó que en Laos también había montañas, humedad, mosquitos y una lengua que él no entendía. —Entonces, como aquí —concluyó Manolo—. Yo aquí tampoco entiendo bien a nadie.
La hija y las nietas contemplaban el proyecto con una mezcla de cariño y alarma. Laos estaba muy lejos. Pero Lis insistía en que necesitaba cerrar el círculo: volver al lugar del que salió siendo casi una niña y comprobar si aún quedaba allí alguna parte de ella esperándola. Luis la observó servir otro café. Su cuerpo ligero no caminaba, volaba, como solo saben desplazarse los indochinos. Detrás de los ventanales se extendían los tejados de Toledo, el río y la llanura castellana. Pensó que Lis deseaba regresar a Laos precisamente porque había conseguido echar raíces en España. Solo quien tiene una casa segura puede permitirse buscar la casa perdida.
Cuando llegó el momento de pagar, Manolo se acercó a la mesa. —¿Qué tal estaba el café? —Muy bueno —respondió Luis. —¿Qué, se vuelve a Laos? —preguntó Manolo mirando a su esposa. Lis soltó una carcajada.
Quizá terminaría jubilándose junto al Mekong. Quizá, después de unos meses, echaría de menos Toledo, a su hija, a sus nietas, el frío seco, las campanas y hasta los turistas que preguntaban si el Alcázar era la catedral. Tal vez descubriría que su verdadera patria no estaba en Laos ni en España, sino en la distancia imaginaria que había entre ambas.
Por ahora seguía detrás de la barra, con una mano en la cafetera y la otra sobre un mapa idealizado. Lis había llegado como refugiada y pensaba regresar como jubilada. Era, sin duda, una victoria sobre la historia: la CIA, el comunismo, las guerras secretas y la geopolítica habían terminado conduciéndola hasta un bar del Alcázar, casada con un toledano sordo. Y eso no lo habría previsto ni el mejor adivino oriental.
Capítulo IV.
La camarera que miraba demasiado
Lis decía que quería jubilarse y regresar a Laos. Que sentía nostalgia del Mekong, de los arrozales y de una infancia que el tiempo había ido decorando, como hacen los buenos hoteles con las fotografías antiguas.
Sin embargo, Luis comenzó a notar algo extraño. Lis no observaba a todos los clientes de la misma manera. A los jubilados toledanos apenas les prestaba atención, salvo que intentaran marcharse sin pagar. Pero cuando entraba un turista con mochila voluminosa, dos teléfonos móviles o demasiado interés por las vistas del Alcázar, Lis levantaba ligeramente una ceja. Después anotaba algo en la comanda.
—¿Qué escribes? —preguntó Luis. —Dos cafés, una tostada y un posible agente extranjero. Luis sonrió. Lis no. La verdad era más sorprendente que su llegada como refugiada. Durante los años ochenta, mientras aprendía español y trataba de distinguir una procesión religiosa de una manifestación sindical, Lis había sido captada discretamente por la CIA. Su padrastro militar, ascendido a general del ejército del aire, y emigrado a Estados Unidos, había facilitado los primeros contactos. Los norteamericanos apreciaban su dominio de varias lenguas, su memoria visual y, sobre todo, su capacidad para parecer absolutamente inofensiva. Nadie sospecha de la mujer que pregunta: —¿Con leche fría o caliente?
Durante décadas, Lis había colaborado de manera ocasional con la Agencia. Nada de persecuciones en automóvil ni pistolas escondidas bajo la bandeja. Su misión era mucho más eficaz: observar.
El bar de la biblioteca del Alcázar constituía un puesto privilegiado. Por allí pasaban militares extranjeros, diplomáticos, profesores, arqueólogos, turistas despistados y sujetos que fotografiaban antenas, accesos o dependencias que no figuraban en las guías. Lis los detectaba enseguida.
—Los turistas normales hacen fotos de Toledo —explicó—. Los sospechosos hacen fotos de las cámaras que vigilan a los turistas. Utilizaba un sistema de señales cuidadosamente diseñado. Un café solo indicaba “sin interés”. Un cortado significaba “observar”. Una tila era “posible extremista”. Dos descafeinados con leche de avena querían decir “agentes franceses”, aunque aquello nunca había quedado plenamente demostrado.
Manolo ignoraba casi todo. Su sordera resultaba una cobertura perfecta. —Manolo, el señor de la mesa cuatro parece iraní —decía Lis. —¿Que quiere un anís?
—Sí. Ponle uno y no le quites ojo. —¿Cómo voy a quitarle un piojo?
La CIA consideraba a Manolo un recurso involuntario de enorme valor: jamás podría revelar una conversación porque nunca la habría oído completa.
Un día, Luis vio entrar a dos turistas norteamericanos. Vestían pantalones cortos, gorras universitarias y llevaban esa sonrisa profesional de quien parece estar de vacaciones por orden superior. Pidieron café en un español impecable y dejaron sobre la barra una moneda laosiana.
Lis la recogió sin cambiar de expresión. —¿Quiénes son? —preguntó Luis. —Antiguos compañeros. —¿De la CIA? —De una asociación internacional de hostelería. —Ya. —Luis, tú has trabajado en esto. Deberías saber que las preguntas innecesarias estropean el café.
Los norteamericanos venían a comunicarle que podía retirarse. Después de tantos años, la Agencia agradecía sus servicios. Había señalado a varios visitantes sospechosos, identificado a intermediarios extranjeros y descubierto que un supuesto investigador de arquitectura medieval llevaba tres semanas fotografiando exclusivamente las entradas de servicio.
Lis guardó la moneda en el bolsillo. —¿Y ahora te marchas a Laos? —Eso quiero. —¿Para descansar? Lis sonrió.
La CIA estaba interesada en el aumento de la presencia china en el sudeste asiático. Una antigua colaboradora, nacida en Laos y pasaporte español, con perfecto acento toledano, experiencia de observación y apariencia de abuela dedicada a sus nietas podía resultar útil. La jubilación, comprendió Luis, era solo otra tapadera.
—¿Manolo sabe algo? —Cree que vamos a abrir una cafetería cerca del río Mekong. Desde el fregadero, Manolo levantó la cabeza: —¿Qué dice de un pilón?
Lis y Luis se miraron.
Así terminó la carrera de Lis en el bar del Alcázar. Había llegado a España como refugiada de una “guerra secreta” y regresaría a Laos como veterana de otra que oficialmente tampoco existía. Dejaba atrás una hija, dos nietas, miles de cafés servidos y varios informes clasificados bajo el epígrafe “Observaciones desde Toledo”. Antes de marcharse, Lis escribió una última nota en la comanda de Luis:
“Coronel retirado. Frecuenta la biblioteca. Casado con una iraní. Habla demasiado de Oriente Medio. Inofensivo, salvo cuando escribe”. Luis la leyó y protestó:
—¿También me vigilabas a mí? —A ti, desde el primer café. Manolo se acercó con la cuenta. —¿Dice que quiere volver? —Sí —respondió Lis—. Pero todavía no sabemos a qué país.
Porque Lis tenía dos patrias, tres vidas y, probablemente, más de un pasaporte. Había sobrevivido al comunismo, a la emigración, a la hostelería española y a cuarenta años de matrimonio con un toledano sordo. Para la CIA, aquello constituía un expediente extraordinario. Para Toledo, simplemente era la señora del bar
LUIS ROMERO
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